Mini-job

Todo es cuestión de tiempo. Que uno se tropiece con un mini-job, también lo es. Yo me tropecé con el mío anteayer: salí de casa, choqué con él y me caí por las escaleras. Mientras masajeaba mis costillas, pienso qué carajo, ya hay uno hasta en mi felpudo y todavía no he escrito la maldita columna. Pues eso.

Que se llamen mini-jobs es lógico. Lejos de mí querer participar del polémico y sesudo debate (tecnócrata, Saruman dixit) acerca de si conviene o no implementarlos. En este caso, se reduce todo a la terminología: “Mini” significa poquito. Vamos, que ni media hostia. Y pagarte, te pagan “mini”. El despido, pues en cierto modo es “mini” también, aunque en términos compensatorios, solamente. Y el tiempo de permanencia, los derechos laborales, la autoestima. Todo “mini”. Así te cabe en cualquier parte y te lo puedes llevar al curro en una tartera. Como los bocadillos de salami de cuando vivíamos por encima de nuestras posibilidades.

Claro que para ese invento se necesita ampliar el uso del prefijo. Con mini-job sólo no funciona; es un peta que no se enciende, necesitas el mechero. Es ahí donde entra el Ministerio de mini-Trabajo. El mini-Gobierno (sí, los del mini-programa macro-electoral). Las mini-presiones. La mini-voluntad, la mini-reflexión y la mini-mouse de Walt Disney. Un aquelarre de minis como en The Italian Job, compitiendo por ver quién es más ególatra, más vendido y más pusilánime. Mini-pusilánimes. Pero eso llega a sonar mal y todo. Mini-job no. Suena rápido y limpio. Como un atraco profesional.

Una columna de Óscar Sainz de la Maza

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