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Oro de Moscú carabachelluzsucia

Publicado el 24 julio, 2012 | por Óscar Sainz de la Maza

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Luz sucia

La gran diferencia es que las farolas de Carabanchel alumbran con una luz sucia e incompleta. Allí donde pisas, parece que tanto Dios como el Estado se han olvidado de algo. Pavimento roto, botellas tiradas, manchas de humedad en las paredes. Si el barrio mantiene su encanto de leyenda, es porque el laberinto de casas con azoteas mágicas, engalanadas siempre con una bucólica línea de tender, aguantan firmes el lento proceso de degradación social que ahoga al distrito.

Hace tiempo que uno comienza a oler la decadencia personal que avanza inexorablemente, devorando a sus gentes. Cincuentones de mirada perdida que hablan solos en el metro, mujeronas de pelo desaliñado y sonrisa desdentada que se llevan a los labios una botella envuelta en bolsas de plástico. Parece que a este barrio de obreros e inmigrantes, que mantenía todas las apariencias de dignidad posibles mientras pudo, le ha llegado el auténtico espíritu de las corralas del XIX. El esperpento valleinclanesco, acompañado de cierta animalización de las costumbres.

Son las tres de la madrugada, recorro las calles con apatía. Un eslavo aburrido se deja regañar por una ecuatoriana alcoholizada que le pregunta insistentemente “¿Qué te dijo esa mujer?” En la lejanía suena el clásico tema latino cuya letra habla sobre una diva de discoteca que busca la fiesta y a la que sólo se puede conquistar dándole duro. La atmósfera, mezcla de inmediatez ridícula y hedonismo indiferente me marea; apenas recuerdo ya la sonrisa de la chica que me guió desde la parada de autobús, cuando me quedé dormido en éste.

A la mañana siguiente, el ruido y la luz suavizan quizá el panorama de ruina anunciada. Los viejitos menean la cabeza sabiamente, sentados al sol en bancos semihundidos en la dura arena de los parques. Ellos saben, ellos ya han visto. Mientras, por las aceras, ejércitos de vendedores ambulantes ofrecen sus tomates, sus bolsos, sus chucherías y fundas de pasaportes con una alegre parsimonia, sin pretender molestar a nadie como hacen los odiosos vende-cervezas de la Puerta del Sol. Entro en una tienda. Una mendiga cacarea en la puerta, pide limosna. Se acerca una joven madre gitana con un carrito del que asoma un bebé rubio. Ella es preciosa, y su cuerpo gastado refleja tonos cobrizos: Le da una moneda. “Toma, cariño”, musita con ternura.

Me quedo quieto, y apunto la frase en el teléfono. Acaban de devolverme la fe en mi barrio, y ya vuelvo a tener algo sobre lo que escribir.



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