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Oro de Moscú banda

Publicado el 5 agosto, 2012 | por Óscar Sainz de la Maza

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Estacazo y tentetieso

Cualquier ratero de bien le podrá informar de que es mucho más fácil quitarle la cartera a una víctima inconsciente, que a una que siga estando de pie y con ganas de pelear. De hecho, los antiguos ladronzuelos madrileños, la humilde flor y nata de la capital del crimen, se distinguían precisamente por eso; ser capaces de sustraerle a uno su paga extraordinaria en el tranvía sin que se enterase siquiera. Hasta el momento de llorar, digámoslo así, no había desgracias añadidas.

Sin embargo, lo bueno en lo malo suele durar poco, y el honor de los piratas no es excepción. Los barrios obreros se llenan hoy de bandas organizadas, ritualizadas y jerarquizadas (parece ser que han descubierto el estado tribal del que hablara Service), que roban pegando patadas en el cuello antes de desvalijar, o dejando inconscientes a las ancianitas que sacan sus pensiones menguantes del cajero autómatico. Limpio, de un golpe en la cabeza. Sin remordimientos.

¿Quién puede culpar a estos degenerados, no obstante? El primer ejemplo se lo han dado los gobiernos a lo largo y ancho del globo, que a la hora de aplicar determinadas políticas económicas han aguardado a hacerlo en el más brutal de los contextos posibles.

Pongamos, hipotético ejemplo donde los haya, que uno es un político español y por alguna razón de la que Cervantes tampoco quiere acordarse, desea implantar el copago sanitario, recortar pensiones, machacar los salarios, subir todos los impuestos existentes y crear algunos nuevos. Si lo intenta hacer en el año 2001, la gente se le echa encima. ¡Si la ya la liaron con la LOU y la reforma laboral de Aznar! Sin embargo, cuando el paro va camino de seis millones y la economía entra en recesión, el momento parece propicio. La gente otorga el poder absoluto al primer profeta que aparece, y la magnitud del desempleo sirve para disuadir contra huelgas y protestas varias.

Los ejemplos claramente van más allá de este torpe caso. Margaret Thatcher y Ronald Reagan se beneficiaron de la coyuntura de crisis de los setenta para imponer sus modelos económicos renovados, con cargas de caballería allí donde hicieron falta. George W. Bush y su plantel de halcones aprovecharon la histeria colectiva tras los inéditos ataques del 11-S para declarar un par de guerras, extender sus bases de operaciones en Oriente Próximo, y por supuesto obtener pingües beneficios mediante la reconstrucción de infraestructuras y la subcóntrata de mercenarios privados. Otros fueron más allá. Cuando el huracán Katrina devastó ese inmenso gueto que es Nueva Orleans, 2005, el economista Milton Friedman recomendó que se aprovechara la ocasión de que la mayoría de las escuelas habían quedado destruídas para implantar el sistema educativo que él venía recomendando desde hacía décadas.

Todos estos casos, con mayor o menor acierto, son analizados en la obra de Naomi Klein La doctrina del shock. La autora, que ya se ha caracterizado por escritos de rigurosa investigación como pueda ser No Logo (2000), combina un fuerte activismo con una exposición descarnada del funcionamiento encubierto de gobiernos, empresas e instituciones. En ocasiones sus planteamientos pueden resultar chocantes o algo forzados. Pero es imposible negar la brillantez y crudeza de sus estudios sobre la censura corporativa, la inserción de la publicidad masiva en el sistema educativo estadounidense o los grandes beneficios obtenidos por determinadas entidades gracias a la guerra de Irak.

Para lectores vagos, existe un vídeo en  nuestro ya familiar YouTube que resume esa “doctrina del shock” en siete minutos de escalofriante documental. En mi caso, yo descubrí lo contundente que podían ser los escritos de la Klein cuando vi el libro Sí logo  perdido en los estantes de una librería bonaerense: un folleto de 170 páginas que pretendía anular y desprestigiar los estudios de la socióloga canadiense de un plumazo barato. Algo así como el Quijote de Avellaneda. Y cuando se pagan libelos para neutralizar a alguien, significa que ese alguien les pone nerviosos. Anímense a enervarse ustedes también. Con Klein uno no siempre está de acuerdo, pero lo que revela hace sonrojar al más poderoso, y a todos los que en algún momento les hemos seguido.



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